Los números son muy claros cuando se quiere demostrar la falta de apoyo que recibe algo en nuestro país, pero según yo, hay algo peor que nuestro gobierno: nuestra manera de pensar.
Es obvio que un pueblo corrupto no pueda deslindarse de un gobierno corrupto, que un padre golpeador tenga un hijo secuestrador, violador o sicario y que una madre agresiva pasiva tenga que soportar a un yerno igualito que su esposo. Vamos por la vida haciendo y deshaciendo y somos (si lo hago, o al menos lo intento) pocos los que como diría un tipo de la meditación al que oí el otro día, “somos coooooncieeeenteees”.
Para que haya una verdadera revolución social, un cambio trascendente y duradero, debe haber alguien a quien le importe, y eso no va a cambiar jamás si los padres y madres no empiezan, no a preocuparse por sus hijos, si no a verdaderamente ocuparse de ellos. Ya deberíamos dejar de decir que nadie enseña a ser padre porque es una mentira. Nosotros enseñamos a los que vienen delante a amar, a tener y poner límites y a ser empáticos y afectuosos, o les podemos enseñar a dar mordida, a pasarse los altos, a que las viejas a su casa a hacer el quehacer o a arreglar los problemas a golpes.
En nuestro país, en el año 2006 se registro violencia de cualquier tipo en uno de cada 3 hogares, existía al año 2009 más de 1.6 millones de huérfanos y tan solo había 657 casas hogar, y estas no son precisamente lugares bonitos en los cuales ya no digamos vivir, crecer, en nuestro país se han registrado más de 33 700 muertes a causa del narcotráfico desde el año 2006. Si revisamos los datos anteriores, es inaceptable seguir cerrando los ojos ante la realidad que vivimos. Necesitamos criar seres humanos que tengan ganas de vivir y que desempeñen su rolo social con alegría para garantizar la calidad de éste. Los gobiernos no deberían olvidar que el capital humano es vital para el desarrollo y el progreso, aún que sea para llenarse los bolsillos con sus intereses personales y los ciudadanos no deberían olvidar que la base para una transformación empieza con lo que estamos transmitiendo a los que vienen delante de nosotros.
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